Aunque me siento tentado más de una vez a pensar que la palabra escrita ha servido sobre todo para perpetuar irrelevancias, no es menos poderoso el sentimiento que me inspira la palabra poética.

El lenguaje es la ingeniería y arquitectura del pensamiento. Es un interfaz entre lo conocido y lo sólo entrevisto o presentido, lo no conceptuado todavía. Es un habitante liminar entre el pequeño mundo de lo concreto y el universo de las realidades abstractas, donde nuestra consciencia se rarifica hasta pináculos de inaudita sutilidad. Dentro del lenguaje, la palabra poética ocupa un lugar especial: es un ente vivo por sí mismo: es el logos-luz, logos-fuerza, logos-vida, la criatura recién gestada en el ardor del entusiasmo creativo, en la fusión de emoción y pensamiento, que sirve a la mente de vehículo, como el Agni Védico, hacia los reinos de lo aún-no-concebido-posible. El colono de las tierras vírgenes se lleva en sus ropas, armas, herramientas un pedazo de su civilización para transformar los dominios salvajes y que éstos no lo absorban y diluyan por completo; el colono de los reinos desconocidos de la Imaginación tiene la palabra poética para nombrar lo nunca nombrado todavía, y que el silencio de las cimas de la abstracción no lo absorban y diluyan por completo.

Para mí, la literatura es esta ansia de visión o no es nada... lo que no significa que no respete, valore y disfrute otras vocaciones literarias distintas.

Cualquiera que conozca la historia literaria comprenderá, a la luz de este corto preámbulo, que me sienta especialmente cómodo entre los románticos ingleses, los idealistas alemanes, los simbolistas franceses. Es más, si a estas tres tradiciones añado otras dos —la escuela poética de Pondicherry (sorprendente fusión de ancestral pensamiento védico y romanticismo británico) y la ciencia ficción norteamericana (sobre todo la de corte simbolista attanasiano)—, puedo confesar que me siento un vástago humilde, pero que muy humilde, de este noble linaje. Si añado todavía a Góngora, Borges y Valle Inclán, puedo decir que he completado el círculo de mis más preciadas influencias.

Justo por esta razón, reconozco a la literatura (las literaturas) y a los lenguajes que la hacen posible un interesante, (s)utilísimo poder deconstructor de esa personalidad prefabricada que asumimos de un modo demasiado instintivo, demasiado poco crítico, a partir de los factores de la nacionalidad, sexo, raza, nombre, memoria personal y familiar, ideología política...

El día en que nací no dice nada de mí en absoluto, pero sí dice algo el instante en que decidí no llamarme como los primogénitos de n generaciones anteriores, cambiando el nombre de un santo cristiano por el de un dios pagano y asumiendo un apellido que simboliza el primer gran salto de Europa a Asia —salto de guerrero y de artista—, a la conquista de Ilión, sabia y opulenta, y de Helena hermosa. El lugar en que nací es del todo irrelevante, pero no lo es el sentimiento de que toda la cultura humana, la de todos los pueblos, incluso la de esos que ignoro, dice de algún modo algo de mí. Quiero creer que absorbí algo del admirable carácter alemán durante mis años de primaria y secundaria en el colegio germano; quiero creer que incorporé algo del espíritu japonés durante mis años de estudio e instrucción de las artes marciales y algo del alma india a través del estudio del sánscrito y la mística védica; quiero creer que al menos una gota de sensibilidad rusa me ha llegado a través del estudio de esa lengua, la lectura apasionada de los autores del siglo de oro ruso y la admiración por la gran aventura soviética; quiero creer que soy americano porque soy europeo y que tengo de anglosajón todo lo que me ha llegado a través del inglés, lengua que amo y valoro por encima de la de mis padres; quiero creer que algún día descubriré lo que tengo incluso de esquimal y de bantú... Veo todas estas culturas, y también los géneros, las razas y otros factores que damos por tan exclusivamente definitorios, como sofisticados softwares de sensibilidad cuya sinergia nos enriquece tanto como nos empobrece la militancia exclusivista en uno solo de ellos. Lo alemán, lo japonés, lo ruso, lo gallego, lo bantú, lo hombre, lo mujer, lo progresista, lo conservador... son realidades bien distintas; pero el yo del individuo, el yo cuántico, está por encima de todas ellas; potencialmente las posee y no es poseído por ninguna: es una función de honda no sometida al viejo determinismo y no obligada, por ello, a colapsar siempre en las mismas coordenadas.

Yo he llegado a esto a través de las lenguas y las literaturas —otros lo habrán hecho por caminos distintos—, lo que nos devuelve al principio de estas líneas: la palabra poética como colona de terra incognita, que significa la fractura de viejas definiciones y categorías y establece la literatura como una forma de vida trascendental.

La fascinación por el acto de traducir es connatural con todo lo dicho: es la experiencia existencial de pasearme a través de mis distintas personalidades, sensibilidades, ejerciendo la ventriloquia, ejercitándome en el yoga de no ser nadie para serlo todo. Como en la canción de Queen, you can be anything you want to be...

En cuanto al deporte... ¡ah! es también un subgénero de la traducción. Pero lo que aquí se tras-duce no es el contenido de una lengua y una sensibilidad a otras: es la misma carne trasplantada en logos, en palabra poética, mientras el logos se hace carne.

Personalmente, siempre he sentido poco interés por el deporte de competición y mucha menos simpatía aun por el circo y opio mediáticos en los que la sociedad capitalista lo ha convertido. Veo el deporte como una experiencia fundamentalmente solitaria que permite conocer, comprender, controlar y trascender los límites del propio cuerpo. Es el modo de hacer al cuerpo conciente y, por tanto, libre.

Consciencia, he aquí uno de los conceptos de más difícil definición. Pero yo voy a proponer una que, aunque no tiene pretensiones absolutistas, servirá puntualmente a mi propósito: Consciencia es la facultad y el poder del Sujeto de no actuar mecanísticamente, es decir, de actuar por sí y no como respuesta mecánica y determinista a una inducción cuya fuente última no conoce ni comprende. De este modo, doy por supuesto que toda forma de determinismo es una expresión de la inconsciencia y, puesto que este mundo material en que vivimos parece actuar de acuerdo con leyes o hábitos regulares, lo considero el polo objetivo de nuestro propio inconsciente humano. Trascender sus aparentes leyes no sólo es una posibilidad, sino un destino inevitable del ser humano verdaderamente consciente.

Ahora bien, esta libertad física (del cansancio, la enfermedad o una forma física demasiado fija… por ejemplo) no es el resultado de una repentina iluminación, sino de una progresiva y esforzada comprensión de las raíces de nuestros patrones de respuesta. El estudio que lleva a esta comprensión es un proceso a la vez físico y psicológico que implica la internalización del ejercicio.

Internalizar el deporte significa sobre todo centrar la atención en los procesos mentales durante el ejercicio para cambiar las respuestas automáticas a las inducciones de cansancio, dolor o sentido de la imposibilidad, y crear una memoria estable de esos cambios. Por lo demás, la técnica no cambia mucho respecto de la del deporte convencional, aunque sí las metas inmediatas y a largo plazo.

En la aparente confrontación entre vieja y nueva tecnología de publicación me declaro aliado de las dos. Considero el libro tradicional, de papiro, pergamino o papel, uno de los instrumentos más útiles y de los objetos más bellos creados por el hombre, y le deseo una vida larga y próspera. Pero veo la Red como uno de los medios más poderosos creados hasta ahora para una comunicación vasta y solidaria, para el desarrollo de una cultura universal humana, de un mundo verdaderamente democrático en el que sean superados los localismos agresivos y la necesidad de esos órganos aberrantes que son los gobiernos, nutridos por generación tras generación de políticos obtusos cuando no corruptos.

Personalmente, la publicación on-line me ha permitido recuperar esa experiencia primigenia de la literatura —anterior a la literatura crematística del capitalismo y a la literatura propagandística de aquellos viejos pueblos comunistoides— cuya más perfecta analogía sería la botella del náufrago arrojada al mar. Si recoge esa botella, el visitante de estos espacios los hallará estructurados de acuerdo con dos dimensiones muy distintas: una primera clara y explícita, de fácil acceso a todas sus secciones desde todo lugar; otra, en cambio, fundada en el principio de los hot spots, que le revelará sus materiales en función de las ganas que tenga de jugar o de explorar. Desde aquí elevo mi más profundo agradecimiento a los diversos artistas y colaboradores que han hecho posible esta Web con su inapreciable, generosa y excepcional participación en mi proyecto.